Amor sin correspondencia
Publicado el 24 de Septiembre de 1976 en ARRIBA, Premios Juan Valera y Doctor Thebussem
Parece que cuando los trabajadores están contentos con la empresa y la empresa está contenta con los trabajadores es que hay por medio algunos malentendidos. Lo normal en esos casos es que se entable un diálogo, precedido de otro, más amplio, para dilucidar si los dialogantes son interlocutores válidos, que muy bien puede suceder que se trate de interlocutores minusválidos y ese caso se les puede oír, a título personal, pero no hay por qué escucharlos. Hablando se entiende la gente, pero si se escucha lo que dice el otro se cogen unos disgustos tremendos. El otro nunca tiene razón laboralmente, ya que no está identificado con el uno, como lo prueba el hecho de ser otro.
Puestas así las cosas lo entraño es que funcione algo y, aunque cada vez sea menor el número de las cosas que funcionan, es milagroso que existan algunas. Por otra parte, desconcierta mucho el hecho, estadísticamente verificado, de que sean más frecuentes las huelgas entre productores que entre subsecretarios. Y eso que hay productores, como ahora sucede con los carteros, que van a la huelga a pesar de ostentar sueldos mensuales de veintidós mil pesetas. Si el conflicto no se basa en cuestiones económicas habrá que buscarlo por otros territorios. He intentado penetrar en el tema y, en el tiempo que me ha dejado libre la lectura de las cartas que ahora no recibo, he leído todo lo que dicen los periódicos al respecto. Incluso lo que dicen los teletipos y deduzco, dada la cortesía de las peticiones y de las «notas», que ambas partes se aman. Lástima que se trate, por ahora de un amor sin correspondencia. «No hay noticias, buenas noticias», dicen los ingleses.
A mí personalmente me han hecho cisco, pero supongo que habrá sido más perturbador para los amantes que se escriben todos los días o para quien no se haya podido enterar aún de que ha heredado una fortuna, ya que, por fin, su amada tía se decidió a subir al cielo. Lo mío es más insignificante, pero no deja de ser penoso. Anteayer eché en el buzón un artículo que había tenido la bondad de pedirme hace algún tiempo mi admirado amigo Lorenzo López Sancho. Fue mano de santo. Depositarlo en el buzón y declararse la huelga fueron hechos simultáneos. Lo que más me duele es que Lorenzo va a creer que no me ha dado la gana escribirlo y sólo el tiempo me dará la razón, cuando se solucione la huelga y por fin llegue a su poder. Confío en que para entonces no haya cambiado sustancialmente ni la situación de la revista ni la benevolencia de mi amigo en sus apreciaciones literarias.
Dejando a un lado mi caso personal y el hecho de que mi carta no sea feliz porque no va a buscar a nadie, yo creo que los carteros no toman caprichosamente aptitudes así. Sobre todo no las toman tres veces en lo que va de año. Luego viene eso de «el incumplimiento de algunos acuerdos», la subida y esa forma de reparto que determina un aumento de nueve mil pesetas para el personal técnico y sólo de mil para los carteros rurales, quizá pensando que respirar un aire puro es privilegio suficiente. Se pueden acabar los carteros que iban por el monte solos.
Se ha dicho que una dictadura es un sistema donde todo lo que no está prohibido es obligatorio. Pues bien, una democracia es un sistema donde los que no están en huelga es porque están en paro. La culpa es de la crisis de vocaciones, que no sólo afecta a la Iglesia. Los chinos tienen un refrán, o tenían, que afirma que «el cartero, en el día de fiesta, se da un largo paseo». Ya no hay de esos. Yo pienso, como D’Anunzio, que en paz descanse, buscarme un mensajero. Como no soy D’Anunzio, le llamaré «un propio»
Consulta más artículos ganadores en el siguiente enlace: https://manuelalcantara.org/obra-periodistica/#.Xm9HO7gfop0


