Ciudad de entonces (1962)

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Índice

Carnet de identidad
Bulevar
Amanece
La estatua
Fábula del parque y el globo
Las puertas
La visita
Juegos de hombre
Función del día
Soneto para leer en una terraza por las noches de verano
Muchacha en la bolera
El ring
Soneto para esperarte en una cafetería
El calendario
La almohada
Tiempo de invierno
Soneto para acabar un amor
«Night Club»
Radiografía
La tarde
Zona verde
Patio interior
El domingo
Noticias de última hora
Caminos de noche
Como una oración

Carnet de identidad

NADIE avisó. Más tarde o más temprano
se supusieron que lo aprendería.
Nadie me dijo: riega a la alegría,
los muertos son terreno de secano.

Todo lo que me importa está lejano.
Si yo hubiera sabido a qué venía
os juro que vivir —yo que sabía—
no me hubiera ganado por la mano.

Me dijeron vivir a quemarropa:
siglo XX —acordaron—, en Europa,
en Málaga, en enero y en Manolo.

Todo lo dispusieron: hambre y guerra,
España dura, noche y día, tierra
y mares… luego me dejaron solo.

Manuel Alcántara

Bulevar

CONFIESO que ha llegado a preocuparme
la manera de ser de las semanas.

En el año 3.000, sin ir más lejos,
importaremos nada.
Nos llamarán «antepasados».
(Una mala pasada).

La vida seguirá, según parece.

Cuando otros anden por las ramas
de un árbol genealógico no ilustre,
seremos las semillas enterradas.
Y la pequeña historia, nuestra historia,
de sabida, olvidada.

Es cierto lo que digo, y, sin embargo,
está bonita la mañana.

El bulevar es hondo como un pecho.
La ciudad de este entonces se me ensancha.

Pasan gentes distintas por la calle.
Cada uno va a lo suyo, que es la nada.

Pasan antepasados.
Hacen tiempo,
hasta que el tiempo los deshaga.

Los preferibles soles ciudadanos
fijan su ancho cartel en las fachadas.
Existe una bahía en un alcorque
y un milagro al final de una muchacha.
Hay un cielo tirante, de tejado
a tejado, con lumbre a sus espaldas.

Entre autobuses y jerseys ceñidos,
hombres cansados vuelven de la fábrica.
Como el recuerdo a las antiguas novias,
el hambre saca brillo a sus miradas.
Pensando en sus teléfonos privados,
un negociante arrienda las ganancias
estrictamente satisfecho
porque tiene la vida asegurada.

Dirigen el desfile los semáforos.

Por las paredes, letras coloradas
ordenan consumir refrescos yankis.
Suena una radio: anuncian los programas
de las guerras más próximas.

Un cura
reparte bendiciones en estampas
a un corro de chiquillos
que alborotan la acera con las alas.
Un lento oficinista está mirando
las tiendas con las manos apagadas…

No estoy perdido en la ciudad.

En las taquillas venden esperanzas
en sesiones continuas
y deportivas algaradas.

No estoy perdido en la ciudad: la quiero.

Hay tierra por la calle y en las casas.

Una espera y un nombre me sonríen.
Una boca pintada
me sonríe en el bar.
Una espera y su nombre. Noches largas.

Mientras ella sonríe, le deseo
una clientela de gestiones rápidas.

Pasan gentes distintas por la calle.

Deseo cosas para todos.

Me gustaría regalárselas.

Al negociante aquel, tan satisfecho,
el revoltoso polen de una acacia:
al lento oficinista
una habitación más para su casa;
a los niños, la acera;
al cura, bendiciones muy baratas;
un trozo de justicia a los cansados
para que lo repartan en la fábrica;
y a la muchacha aquella, que tenía
un milagro al final de lo que andaba,
quisiera regalarle unas ojeras
de esas de al otro día, a la mañana.

Antes que nos dejemos,
de forma horizontal y delicada,
la imposible tarjeta de visita
—el nombre y las dos fechas en la lápida—
ruego por estas cosas
que apenas tienen importancia.

Pasan gentes distintas por la calle.

Sigue estando bonita la mañana.

¿Quién puede acostumbrarse a todo esto
sabiendo que se acaba?

Cruza gente de entonces.

Ciudad de paso. Tierra en cada casa.

Y tú requetemuerto, Eduardo Alonso,
mientras yo bebo mis bebidas blancas.

Manuel Alcántara

Amanece

LA claridad del día es compatible
con todos mis errores.

Al fin y al cabo, a mí lo que me pasa
—oscuridad, errores, sed de entonces—
se debe únicamente
al hecho involuntario de ser hombre.

¿Por qué se pone pálido este día?
¿Sabe que ha de morirse por la noche?

Sale el sol para todos los tejados.
Amanece otra vez para las torres
y los balcones, para las iglesias
tranquilas donde animan a los pobres,
para la acera malgastada y viva
que casi no recuerda lo de anoche…

Hoy es siempre otro día
y el corazón lo reconoce.

Manuel Alcántara

La estatua

QUIZÁ la mandó hacer algún alcalde
—eso decora siempre—
o un concejal…
—a caballo sería más alegre—.

Verdea el bronce
solemne.

Era de los de a pie.
Quizá de cuando los franceses.
Y moriría en el combate
seguramente.
(Con cinco heridas.
No hay más que verle).

Ahora cumple los años ahí encima.

Debió ser un valiente.

Lleva la espada en una mano.
En la otra tiene
un gesto de decir que han de seguirle
y ¡cueste lo que cueste!

Los pájaros se paran en la espada,
en el alero mismo de la muerte,
después se van al pelo
que le cae en la frente.
Luego otra vez hasta la espada…

La escarcha de diciembre
que se derrite al sol
sobre el bronce solemne
le está mojando
los hombros (a pesar de ser un héroe).

No sé ni cómo se llamaba.

Cualquier día me acerco para verle
el nombre.

Debió ser un valiente.

Manuel Alcántara

Fábula del parque y el globo

COMO el que escoge un pecho entre la bruma
para quedarse reclinado;
igual que el corazón cuando se para
para tomarse un poco de descanso;
lo mismo que los ríos si se enteran
que tienen una orilla en cada mano.

Aquí la sombra y la sorpresa,
los terrenos humanos.
Los municipios de la paz,
su reino entrecortado.
Aquí los ojos en peligro,
la vida al lado.

Las remotas teorías de la muerte
se quedan en suspenso y por lo alto.

Un emblema del aire.

Sólo quería
ascender al compás de la mañana,
condecorar el día.

Una insignia del viento.

Sólo sabía
que el color de la altura, allá en lo alto,
casi siempre varía.

Un impulso ascendido.

Sólo quería
ser aire por el aire,
poner redonda la alegría.

Un regreso seguro.

Él no sabía
que todo vuelve hasta la tierra
un día.

Manuel Alcántara

Las puertas

EL tiempo de las puertas
se mide por llamadas,
lo mismo que se cuentan, niño a niño,
los años de una casa.

Cuando las calles pobres,
las puertas se abren más y son más claras.

Si algún niño se asoma
al sol de las fachadas,
la sangre de las puertas
corre a puerta cerrada.

Si el día o si la lluvia, si la tarde,
las puertas entornadas
recuerdan a sus muertos
y se apagan un ala.

Manuel Alcántara

La visita

La muerte no es de aquí.
Por eso no se entiende.
La muerte es de otro sitio: de allá arriba
o de la tierra que nos tiene
o de la mar (del aire no),
o de la mar azul y verde.

Cada hombre era una fecha.
Hablo de un pueblo de cipreses
donde el silencio fue elegido alcalde.
Ciudadanos solemnes,
horizontales…
para que piense
que un hombre en pie
hace un ángulo recto con su muerte.

He dicho: «Pero Dios», y luego:
«falta en el mundo mucha gente».
También he dicho:
«amigo, vengo a verte».

Manuel Alcántara

Juegos de hombre

NO es lo mismo. De niño se es más fuerte.
Tienes siempre una mano que te guía,
preguntas y responden todavía…
Luego te dejan suelto. Mala suerte.

Dicen que así es la vida. Voy a serte
sincero: no me gusta. No podía
gustarme más que cuando no sabía
eso de que mataras con la muerte.

No te conozco, pero sé tu juego.
Dejadme a mi merced, sonoro y ciego,
con mi amor y mis huesos, todo junto.

Soldado involuntario en una guerra
ya prevista. Aquí pan y después tierra.
Estoy soy y seré. Ya no pregunto.

Manuel Alcántara

Función del día

TODO está preparado. Recién puesta
la barraca y la luz: las propias rosas.
Recién puestas las tracas clamorosas
y a punto el corazón para la fiesta.

Apunto el corazón. Lo inscribo en esta
tarea de ir pisando rayas, losas,
semanas, injusticias, y otras cosas
que también se me quedan sin respuesta.

Digo que a punto el corazón. Es mucho
decir. Miro la vida, entro y escucho
la música de fondo del concierto.

Espectador y cómplice, decía
que la función se acaba cualquier día:
caerá el telón y me darán por muerto.

Manuel Alcántara

Soneto para leer por las noches en una terraza de verano

A José Asenjo

AL ocio lo circunda un viento bajo;
península del aire, la azotea,
cortada de la altura, deletrea
los ruidos, y las luces y el trabajo.

La vida es una historia de allá abajo,
pero hasta aquí no llega la marea.
Cuando pienso en volver a la pelea
se me caen los palos del sombrajo.

El tiempo me traspasa. Nada espero.
La noche se ha dormido en el alero.
Fosforece su antigua platería

la luna por el aire del verano,
si pudiera cogerla con la mano
bien sabe Dios que no me movería.

Manuel Alcántara

Muchacha en la bolera

La vertical, dispuesta cetrería
se inicia por impulso de su mano;
inmóvil caza en el jardín cercano
solicita al final su puntería.

Todo se echa a rodar con su alegría
si rueda un mundo que es por ella humano.
Diez arbustos florecen en el llano,
pero viene a talar la geometría.

Anima su portada el «Vogue» cuando
se derrumban los bolos sollozando,
elástica criatura siglo XX.

Y ríe Cristian Dior cuando se inclina,
morena de «bayón» y de piscina,
femenino discóbolo viviente.

Manuel Alcántara

Muchacha en la bolera

La vertical, dispuesta cetrería
se inicia por impulso de su mano;
inmóvil caza en el jardín cercano
solicita al final su puntería.

Todo se echa a rodar con su alegría
si rueda un mundo que es por ella humano.
Diez arbustos florecen en el llano,
pero viene a talar la geometría.

Anima su portada el «Vogue» cuando
se derrumban los bolos sollozando,
elástica criatura siglo XX.

Y ríe Cristian Dior cuando se inclina,
morena de «bayón» y de piscina,
femenino discóbolo viviente.

Manuel Alcántara

El ring

Ignacio Aldecoa

DOCE cuerdas limitan el coraje.
Los mineros del «crochet», la valiente
población del gimnasio, sangra y siente
bajo el fuego sagrado del voltaje.

Cuatro onzas en los guantes y vendaje
duro. Alta tensión. Aire caliente
de K.O. y cigarrillos… De repente
ha cuadrado la furia su paisaje.

Perfiles de moneda desgastada
cita el gong con su aguda campanada.
La luz del cuadrilátero ilumina

jóvenes gladiadores golpeando,
el esfuerzo y los músculos poblando
el país del sudor y la resina.

Manuel Alcántara

Soneto para esperarte en un cafetería

RESULTA que la historia estaba escrita
cuando yo quise hacerla a rni manera.
Cuando yo no quería que volviera,
resulta que la historia resucita.

Resulta que en el tiempo de la cita
tendrán que hacer un banco de madera.
Al corazón le viene bien la espera,
quién sabe si, además, la necesita.

Azafatas de vuelo alicortado
van del café a las piñas tropicales
por aires ciudadanos y ruidosos.

Arriba el tiempo nuevo ha presentado
sus fluorescentes luces credenciales
y enrolla pergaminos luminosos.

Manuel Alcántara

El calendario

VIENE un otoño apenas hilvanado
y una arboleda de papel me cubre;
el tiempo del amor se llama octubre,
para el dolor cualquiera está indicado.

El tiempo, en la pared encuadernado,
entre nombres y números se encubre,
pero siempre, en enero, se descubre
que la broma genial se ha prolongado.

Que la broma de siempre va hacia arriba
que no puede quedar sólo en espera,
en nube más o menos fugitiva.

Que llegaré peldaño tras peldaño,
que el almanaque es sólo una escalera,
una edición de Dios de cada año.

Manuel Alcántara

La almohada

LA memoria es culpable. Si se arrumba,
se le seca al dolor un afluente.
Si una nieve cordial, blanda y caliente,
descansa la cabeza, ya no zumba

la abeja de vivir. Al que se tumba
se le llena de pájaros la frente,
se le pone el amor convaleciente
y una pena mural se le derrumba.

Para ver claro un rato me he tendido;
para oír predicar en mis desiertos,
para encontrarme todo lo perdido…

Para olvidar a medias, para nada,
ensayo la postura de los muertos,
para dejar la sangre en la almohada.

Manuel Alcántara

Tiempo de invierno

TODOS los pobres mueren bajo el puente
—a mí mismo me pasa cada día—
viendo que se les marcha el agua fría
y se les queda el barandal de enfrente.

Puentes sobre el invierno. Un mar de gente,
pobre gente —yo mismo todavía—
embarcada en la corta travesía
que va desde la nuca hasta la frente.

«Nuestras vidas», etcétera, ya saben:
se irán hacia esa mar cuando se acaben.
Yo miro cómo se las lleva el río

asomado al brocal de los inviernos.
Así estamos de solos. Y sin sernos
posible comprender que exista el frío.

Manuel Alcántara

Soneto para acabar un amor

HE quemado el pañuelo, por si acaso
se pudiera tejer de nuevo el lino.
Le sobra la mitad del vaso al vino
y más de media noche al cielo raso.

Tenía que pasar esto. Y el caso
es que estando yo siempre de camino
y estando tú parada, no te vi y no
me ha cogido el amor nunca de paso.

Puede que salga a relucir la historia
porque nunca se acaba lo que acaba,
que se queda a vivir en la memoria.

Echa a andar el amor que te he tenido
y se va no sé dónde. Donde estaba.
De donde no debiera haber salido.

Manuel Alcántara

Night club

ORQUESTA en el jardín. Nocturno, el cobre
volandero de los pájaros, volando,
añade alas al jazz. Circula un blando
susurro de palabras quietas sobre

la pista… (el corazón quizá recobre
así su antiguo peso, como cuando
bailaba solo). Yo me estoy mirando
con ojos de mirar a un niño pobre.

A alguien que de milagro se sostiene.
No se mueve en el alma ni una hoja.
Ni me va la esperanza ni me viene.

No sé si los violines o las penas,
me están sonando dentro, por la roja,
provisional corriente de las venas.

Manuel Alcántara

Radiografía

A Salvador Jiménez

DETRÁS del bien urdido parapeto
de músculos, tejidos y alegría;
tras la provisional cristalería
de las venas, reside, hondo, el secreto.

¡Qué vocación de muerto en mi esqueleto!
En el cliché de la radiografía
he visto al que seré —quién sabe el día—
el día en el que Dios me ponga el veto.

Me vive en la extensión roja y espesa
un vertical difunto ensimismado,
un huésped mineral de la ternura.

No es que me importe, pero qué sorpresa
que me flote en la sangre un ahogado,
que esté de pie y que tenga mi estatura.

Manuel Alcántara

La tarde

ESO es la tarde,
eso es el río
y aquello son los árboles.

Sentado en una silla, en la terraza,
estudiante del aire,
aprendiz de estar vivo
y especialista de su propia sangre,
un hombre —nada nuevo
por otra parte—
ciudadano de Dios
y nacionalizado en medio de la calle,
piensa que se conoce lo preciso
para poder mirarse
por encima del hombro
y querer que esto acabe cuanto antes.

Sentado en la terraza,
inquilino del aire,
un hombre como tú cuando estás solo,
se ha puesto a hacer balance
y atestigua con muertos interiores.

Es otoño y es martes
en toda España. Cobres volanderos,
laminados, revuelan por los parques.
Es un martes cualquiera
de un otoño variable
parado en la mitad de España.

(Hablo
de lo que más conozco: de la parte
que me toca ocupar,
quitándosela al aire.)

Es otoño y es martes y es España.

Cruzan vencejos ambulantes.

El día, poco a poco,
se le está haciendo tarde
a su inventor, al único
que los tiene contados desde antes.

Sentado en una silla, en la terraza,
pienso en islas probables,
miro abajo las sílabas oscuras
del Manzanares
—por cada gota un clásico—
y pienso que no cabe
duda: ese es el río,
esa es la tarde,
ese es el cielo del otoño
y aquello son los árboles
repartiendo prospectos amarillos
por las habitaciones de los parques.

Pienso en otros otoños
que ya no tengo por delante
y en otro viento
surcado de vencejos delirantes.
Pienso en el río
para quedarme al margen.

A mi derecha tengo un paquetito
de esperanzas que Dios guarde;
un poco más allá,
igualmente a mi alcance,
otro paquete con mis treinta años
intransitables.
Hay un aviso:
«Prohibido tocar. Peligro de desastre».

Sentado en una silla, en la terraza,
con los ojos a pájaros distantes,
a no sé cuantos metros de altitud
sobre el nivel incierto de la calle,
un hombre —nada nuevo
por otra parte—
está pensando, en serio,
que es mala cosa hacer balance.

Manuel Alcántara

Zona verde

SOBRE la piel de marzo se ha tendido
con todos sus pecados perdonables;
por sus hombros resbala
el polen de la tarde.

Tumbado sobre marzo, acudiría
a la convocatoria de los aires
si no tuviera dentro un hombre oscuro
siempre desanimándole.

(Se oye la soledad. Descansa el tiempo.
Se ahonda la postura de los árboles.)

Echado sobre marzo, un hombre asiste
a su propio espectáculo variable.
Junto a la yerba nueva, busca, absorto,
las cuatro hojas de un trébol por su sangre.

Sobre la piel de marzo, un hombre quieto,
con los ojos a pájaros distantes,
se escucha ese sonido
que suele hacer la pena al levantarse.

(Oye su soledad mientras contempla,
más honda, la postura de los árboles.)

De buena gana acudiría
a la convocatoria de los aires
si no escuchara ese sonido
de la esperanza derrumbándose.

Tendido sobre marzo, quieto, oscuro,
un hombre reclinado, inexplicable.

Manuel Alcántara

Patio interno

LA mañana de cretona
toca a rebato y a lana;
toca a pena por persona
el colchón de la ventana.

En la calle está la vida
parada junto a la acera
asomándose a la herida
por el balcón de madera.

Han puesto por las paredes
el mural de la pobreza,
han tendido al día redes,
han aireado tristeza.

La ventana saca fuera
la vida triste y usada.

Una pena de bandera
ondea en la madrugada.

Manuel Alcántara

El domingo

A Luis de Diego

Me arrepiento de hacer nada por mí.

Pasan las nubes. Quietas en el aire,
las nubes pasan frente a mi ventana
—se quedan, pasan— sin querer quedarse.

Un astrónomo ciego, un hombre ciego,
una ciega ventana. Hasta es probable
que me llueva por dentro y que se moje
el horrible domingo por la tarde.

De lo que nunca tuve, algo me queda,
y un vaso de ginebra es navegable.

(Sería tan ridícula esta historia
si un hombre no tuviera dentro a nadie.)

Abro las manos para abrir el libro:

«Ella me miraba a los ojos de una manera
que le hacía a uno preguntarse si realmente
miraba con sus propios ojos. Miraba y miraba,
cuando los ojos de cualquier otro ser ya se
habrían cansado de mirar.»

Pasan las nubes. Quietas en el aire,
las nubes pasan frente a mi ventana
—se quedan, pasan— sin querer quedarse.

«Eso empezará de nuevo. Doscientos mil
muertos. Cincuenta mil heridos. En nueve segundos.
Esas cifras son oficiales. Eso empezará de nuevo.
Habrá diez mil grados sobre la tierra.
Diez mil soles, se dirá.
El asfalto quemará.
Un desorden profundo reinará.
Una ciudad entera será levantada de tierra
y caerá convertida en cenizas.»

Las nubes, con el viento de su parte,
pasan —se quedan— frente a mi ventana.

Mi vaso de ginebra es navegable
y esta chaqueta que ahora llevo puesta
le va a estar grande a mi esqueleto.
¿Vale
la pena hacer algo por mí? Contemplo
el desinteresado cielo grande.

Hay nubes por encima del domingo.

Lejos, viene un crepúsculo de lacre.

Manuel Alcántara

Noticia de última hora

HA sido detenido,
en París, un turista americano:
intentaba encender un cigarrillo
en la hoguera del célebre Soldado
Desconocido.
Dice un comentarista que esto indica
que el corazón de Europa está podrido.

En los países subdesarrollados
prosiguen las campañas
en favor del amor y de sus síntomas.
Los rebeldes desfilan con pancartas:
«Amor es el gran número del mundo.
Si alguien roza su cifra variable,
muy bien pueden llenársele las manos
de música y de almendras.
Suele iniciarse en la penumbra
o amanecer en medio de la voz;
suele verse también en despedidas
o en encuentros alegres
o en el corto trayecto de algún ómnibus
de Madrid a Barajas, por ejemplo.»

Fuentes bien informadas
nos comunican que en La Habana
llega la sangre al pecho de las cañas.
«No hay motivos de alarma
—afirman posteriores telegramas—
es cubana la sangre de las cañas.»

Se proyecta una nueva
Sociedad de Naciones, destinada,
a cuidar la primera.
Se estiman necesarias
varias reuniones previas.

«El hombre acabará solucionando
el problema del hambre y de la muerte»,
ha dicho, a su regreso de los cielos,
el cosmonauta más reciente.

En Colliure, sin que nadie la sembrara,
ha crecido una encina polvorienta
en mitad de una brisa castellana.
Investiga el suceso gente experta.

En el parque de Málaga, la gente
mira pasar la vida y la repasa
como las olas a la mar de enfrente.
Hay quien, de sueños sólo, hace una casa
se queda a vivir luego en su frente.

«Razón de ser de los imperialismos.»
Bajo este título,
grandes capitulares
y sin firmar, publica un largo artículo
nuestra prensa del último domingo.
En líneas generales,
se piensa mal del terrorismo.

Se han reunido en Madrid
un notario y dos jueces:
quieren declarar pródigo al otoño
en vista de las hojas que desprende.

Manuel Alcántara

Caminos de la noche

LA almohada, de suyo hospitalaria,
sabe sueños.
Conoce el tío-vivo
de la frente en la noche, cabalgata
viniendo, turbia ronda reincidente.

La almohada, de suyo hospitalaria,
como una habitación a ras del sueño,
sabe suaves sucesos, algaradas
repetidas, desfiles y discursos,
crónicas que se acaban con el alba.

Allí están las consignas de lo oscuro,
las páginas de ayer y de mañana,
y aquel octubre de colores claros
con cierto parecido a las muchachas
que nos miran de pronto por las tardes
y que luego se quedan entornadas.
Allí están las columnas y los jueves
del colegio, unos siete por semana,
y la acera contándose los pasos
que le siguen faltando hasta la plaza.
Los miedos inocentes allí, al lado,
justo a mano derecha de la infancia.

Para el que está tendido con su sangre,
la noche es un camino y un programa:
lluvia de aquel entonces en la calle,
viajes como aquellos frente al mapa,
y amistades de siempre, que se alejan
cuando el tiempo amontona las semanas.

Si un hombre pone horizontal la sangre,
deja la vida al pairo por la sábanas,
olvida lo que quiere, y lo que teme
le coge el sueño por las altas ramas.

Es tiempo de dormir.
La vida vuelve
los ojos hacia adentro y filtra una agua
dolida, con conciencia de naufragio,
penando por la suerte de sus barcas.

Se aplaca la memoria. Tregua oscura.
Es tiempo de dormir.
La sangre clama
al cielo de los sueños conocidos.

Anda por calles grises, cruza el alba,
recorre aceras lentas, plazas dulces…
y entra en la noche igual que en una casa.

Manuel Alcántara

Como una oración

A Paula

Creo en Dios Padre, Todopoderoso,
creador del cielo y de la tierra,
inventor de los hombres;
que hizo los pájaros azules,
la nube, la nevada, el río y toda
la familia del agua.

Creo en su única herencia
enterrada en el barro con la ayuda del viento.

Creo en un cielo grande
—Van Gogh lo está pintando de amarillo—
donde puedan mezclarse suicidas y alfareros.

Creo en la abolición de la pobreza,
en la reunión del mar y en el milagro
del tiempo y de los peces.

Creo en la resurrección de las espigas,
en el reparto de la lluvia
y en la felicidad del niño aquel
que se ahogó en la alberca.

Creo en la vida perdurable,
en la unión de los llantos,
en el perdón de lo soñado
y en que después de nuestra muerte
empezará la Edad de las Respuestas.

Manuel Alcántara

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio,electrónico o mecánico sin el consentimiento por escrito de la Fundación Manuel Alcántara.

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