ARRIBA 24 marzo 1976
Entre italiano y flamenco, como aquel Silvano del llanto hondo por seguiriyas, ¿cómo estará pintando este Eugenio Chicano? La luz nativa, los colores insurgentes y el arrebato solar han sido domesticados y obedecen a la sabia mano derecha del malagueño. Si lloviese en estos cuadros estaríamos ante una vidriera. El arco iris, los balcones, las cometas y los árboles fulgen, se llenan de vigor y de júbilo estallan. El bermellón de la sangre, que siempre fue colorada, y el vehemente amarillo del limonar se avalan entre si y dan testimonio de que este pintor no podía ser de otro sitio: no podía haber nacido más que donde nació. Su mayor influencia es el Mediterráneo. Pero no quiero caer en la tentación de hablar de «pop», ni de acrílicos, ni siquiera de destrezas y progresos, sino subrayar que el álbum de Chicano es el mío, el nuestro, el de toda una generación.
Un homenaje, y homenaje viene de hombre, a nuestros clásicos más recientes, los que sólo por sus obras pudimos conocer, a los distantes maestros. Eugenio Chicano se fue de Málaga a Verona para traemos su antología, que es la nuestra. Los que compramos de tapadillo, en esa especie de reboticas clandestinas que había entonces en algunas librerías, los prohibidos de los tiempos en que lo mismo se censuraba «La fiel infantería» que «La forja de un rebelde», sin saber que ambas novelas se seguirán leyendo dentro de muchos años, incluso por los nietos de los censores. Aquí está Lorca, ensimismado y cetrino, y Buñuel, con su cara de cacique palurdo, y Juan Ramón Jiménez con aire de emir que hubiera renunciado al emirato para dedicarse sólo a la astronomía. Aquí está el paisano Pablo, el de los ojos como dos grillos en el agosto del Camino Nuevo, y Miguel Hernández, con gesto de «guiar un tribunal de tiburones», Y Carlitos Gardel, como si estuviera cantando eso de «adiós muchachos, compañeros de mi vida». Aquí está, acompañando mágicamente a una niña que no conoció, Pablo Neruda, con los mismos ojos entornados —«entremuriéndose», diría él— y con la misma gorra de visera que llevaba el último día que yo le vi, allá en Valparaíso, Y don Ernesto, al que últimamente todos los toreros llamaban «papá», más hemingwaiano que nunca, después de decirle adiós a las armas y antes de decirle adiós a los bolígrafos. Y don Antonio Machado, ligero de equipaje y cargado de pesadumbre…
¿Cuánto han hecho estos hombres por nosotros? Por ellos y por otros como ellos somos lo que somos. Ellos nos enseñaron a mirar y a ver, fueron maestros de sentimiento, «jerarquías inermes», presupuesto del corazón. Hace poco, un poeta que me hablaba de un amigo muerto me decía que, a pesar de haberse muerto, «seguía cultivando su amistad». ¿Por qué la gente de mi generación no puede cultivar la amistad de estos hombres, aunque nunca hayan sido amigos? Han hablado otros de la alta valoración artística de la obra de Eugenio Chicano. Yo quiero quedarme con su intención antológica, con su voluntad de homenaje. El malagueño —iba a decir el veronés— nos ha traído en el mismo copo a una serie de personas que nos enseñaron desde lejos. Ellos fueron nuestra Universidad a distancia, y ya sabemos que nos pertenecen a todos.
Manuel Alcántara


