Pablo Aranda, un hombre bueno

Su sencillez, humildad, incluso su introspección hacían difícil, a veces imposible, oírle hablar de su vasta experiencia viajera o de su labor social por escenarios necesitados

Foto: Diario Córdoba

DIARIO SUR | LA TRIBUNA | Sábado, 15 agosto 2020

ANTONIO PEDRAZA ALBA (presidente Fundación Manuel Alcántara)


Le despedíamos cuando comenzaba a andar agosto, el terral acudiendo a su intermitente cita de todos los veranos, la insufrible mascarilla convertida en penoso obstáculo para respirar. Sin asomo de esa brisa tan deseada en la intemperie y que tantas veces logra aliviar las noches de la ciudad y permite el sueño. La triste noticia, como aldaba que golpea con violencia nuestra puerta, coincidía con esa infinita melancolía que infunde la luz del medio día.

Venía trabajando en estos últimos meses, ya en su penosa lucha contra la enfermedad y en lo más duro del confinamiento, en la primera edición del Premio de Novela Ciudad de Estepona, que patrocina su Ayuntamiento y organiza nuestra Fundación. Proyecto, quién nos lo iba a decir, que sería el último que ha diseñado y dirigido con extraordinario acierto. Como también bajo su égida lo vienen teniendo: Congreso de periodismo, Sala de columnas, Articulismo en las aulas, Punto de encuentro (inolvidable aquel llenazo impresionante en el Salón de los Espejos de nuestro Ayuntamiento, juntando Pablo a Núria Espert y a la sobrina de García Lorca. Encuentro que se repetía con el mismo éxito en la Sala Cajasol de Sevilla, Núria acompañada esta vez por la nieta de Sánchez Mejías ¡Qué feliz se le vio a Pablo en aquellas noches mágicas, preñadas de periodismo vivo y literatura), Territorio Común… así hasta un sinfín de jornadas, conferencias, encuentros, presentaciones que en estos últimos años han llevado su sello inconfundible, constituyendo un legado y acervo imperecedero para la Fundación Manuel Alcántara.

Me habló de él con su generosidad de siempre, Manolo Castillo, director de Sur, agregando a lo que en mi caso conocía de su trayectoria como novelista jalonada de premios o como columnista del medio, sus grandes valores humanos, honestidad y ética en la profesión. A pesar de que Manolo no se quedó corto, su experiencia con nosotros ha superado el más exigente «cum laude» con una trayectoria sensacional y una entrega modélica. Pero, siendo aún más importante, descubriendo en su persona unos valores humanos absolutamente extraordinarios. Precisamente quiero detenerme, plumas más acreditadas vienen glosando en estos días su importante obra literaria, en el Pablo persona, en el ser humano, en la osamenta de un ser excepcional, al que hemos tenido el privilegio de conocer y tratar de cerca en unos años que ahora se hacen inolvidables.

Acurrucado en el regazo de la familia, con la cercanía de su perro fiel, en el yunque evocador de su barrio de Capuchinos, no aparentaba exigirse expectativas sobredimensionadas para ser feliz. Desde la intimidad, tedio de la quietud, centrándose en lo cotidiano, también una constante en su literatura, como salvaguarda de los asedios impuros de la realidad. Desde la liturgia y la estética en la comunión de un ritual de trabajo, hecho con la aparente paciencia lisérgica de un chamán. Siempre respetando y escuchando al otro, ‘je est un autre’ que decía Rimbaud, con una sencillez y una humildad que lo enaltecían y lo elevaban sobre los demás. Su ego debió estar siempre muy lejos de él. Doy fe de no habérselo apreciado manifestar nunca.

Callado, discreto y muy reflexivo, lo suyo era un ministerio del saber estar diario, de trasmitir espiritualidad, paz y sosiego. De templanza monástica, lejos del engreimiento y la autoestima, del escalofrío incierto que zarandea el entorno de nuestras vidas. Cima de austeridad, de esencialidad machadiana, donde sus silencios a veces parecían ausentarle, pero su atención tenía capacidad de responder a muchas voces, con una ubicuidad mental que resultaba finalmente hacerlo aún más presente. Era como si estuviera escuchando los pequeños sonidos de las cosas y sus escarchas secretas, la música callada de San Juan de la Cruz, de los místicos. Pero sin levitar, teniendo los pies bien asentados en el suelo.

Su sencillez, humildad, incluso su introspección hacía difícil, a veces imposible, oírle hablar de su vasta experiencia viajera o de su labor social por escenarios necesitados de medio mundo. También por ello se desconozcan fuera del ámbito familiar o de su círculo más íntimo. En estos días de dolorosa despedida he tenido el privilegio de dar oídos a una hermosa y sencilla vivencia: Pablo conoció y estuvo ayudando a la madre Teresa, hoy santa de la Iglesia, allí en Calcuta, entre los más necesitados y desamparados, en uno de los focos de miseria más terribles de la tierra. La venerable madre, algo de gran ternura, llegó a apodarle ‘medallitas’, porque Pablo se las arreglaba para pedírselas una y otra vez de forma que pasadas por sus manos, a su vuelta llegaran al mayor número posible de personas de su familia. Habiéndolo sabido antes, cuántas preguntas le podríamos haber hecho, sobre cuántas curiosidades de esta o de otras tantas experiencias vividas al límite de la aventura. Se nos va llevándose el inextricable y atractivo misterio de sus silencios.

No exagero, Pablo era sobre todo un hombre bueno, y limpio de alma, que diría Unamuno. Siempre le voy a recordar con esa aparente fisonomía de lama tibetano que, como salido de sus propios cuentos, podía bajar de las estribaciones del Himalaya, del techo del mundo, de aquellos sagrados monasterios budistas con el secreto del elixir para hacernos mejores.

Desde la amistad y admiración que le profesaba, a su familia toda, un entrañable y fuerte abrazo.